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¿Qué haría yo si tuviese menos miedo?

Valorando la propuesta que me hizo José Antonio, un seguidor de facebook, este post habla del miedo. El miedo es una emoción tan nuestra como todas las demás. A mí me merece un gran respeto porque, como decía el gran Eduard Punset, sin miedo el ser humano se habría extinguido.
El miedo nos informa de las posibilidades de supervivencia ante determinadas situaciones y nos hace ser prudentes. Es una alarma que, ante posibles peligros, nos alerta de que debemos buscar más seguridad. Esto es muy útil, y por lo tanto no se trata de estigmatizar el miedo. Como todas las emociones, tiene su función y nos acompañará a lo largo de la nuestra vida, es necesario que lo acojamos y le demos su espacio.
Tenemos muchos niveles y tipos de miedo, no es lo mismo sentir preocupación que pánico, ansiedad que angustia, y en cambio, en todos los casos estaríamos hablando de miedo.

Dicho esto, os voy a poner un ejemplo que no tiene nada que ver con las emociones, que nos puede ayudar a entender algunas cosas: sabemos que el hambre es una sensación que nos informa de la necesidad de alimentarnos, y que si no tuviésemos sensación de hambre, sería más fácil morir de desnutrición. Ahora bien, ¿Tú crees que siempre que tienes sensación de hambre estás en peligro? En mi caso te puedo asegurar que no 😉

Con el miedo pasa igual. ¿Cuántos miedos tienen que ver con cosas que hemos aprendido y nos han hecho creer en un contexto cultural y social determinado? ¿Cuántos miedos nos limitan más que nos protegen? ¿Cuántas cosas maravillosas nos podemos perder por miedo? ¿Cuánto sufrimos por cosas que no pasarán nunca? ¿Cuántos miedos crecen dentro de nuestra cabeza, alimentados por nuestros pensamientos, y se hacen pequeños cuando los miramos a los ojos de verdad y los afrontamos?

Por otro lado, conviene tener en cuenta que las conductas de evitación a las que nos lleva el miedo, generan mucho sufrimiento asociado a otras emociones. Algunos ejemplos podrían ser: frustración, impotencia, desánimo, decepción, insatisfacción, envidia, celos, resentimiento, culpa, desmotivación y soledad.

Superar nuestros miedos tiene su momento de vértigo, y por lo tanto sólo nos vamos a poner a ello si vemos la utilidad y beneficios. Por ejemplo, si una persona supera su miedo a las serpientes, y vive en Barcelona, no le gusta viajar ni ir a la montaña y no trabaja en ninguna tienda de animales ni en ningún zoológico, su vida no mejorará especialmente. En cambio, si esta misma persona viviese en la selva, superar este miedo mejoraría sensiblemente su día a día. Por lo tanto, antes de ponernos a ello, nos haremos cuatro preguntas:

1. ¿Qué me estoy perdiendo a causa de este miedo?
Si la respuesta es “nada importante para mí”, pues a vivir con este miedo y con alegría. Si la respuesta es “algo valioso para mí”, entonces vienen las tres preguntas siguientes:

2. ¿Qué es lo peor que puede pasar si miro de afrontarlo?
3. ¿Sería peor que lo que estoy viviendo ahora?
4. ¿Seguro?

Escuchando muchísimas personas tanto en mi vida profesional como también en la personal, he hecho una lista de lo que podríamos hacer este verano si tuviésemos menos miedo. ¿Te atreves?

Si tuviese menos miedo:

– Le diría a mi pareja que es la persona más maravillosa del mundo y que, aunque puedo vivir sin ella, no lo quiero hacer, y que sí, que me quiero casar con ella.

– Dejaría este trabajo que está acabando con mi salud.

– Le diría a aquel amigo o amiga que le amo de manera diferente y no sólo como una amistad.

– Diría que sí a aquel proyecto profesional tan estimulante y a la vez incierto.

– Dejaría de posponer el hecho de ser padre o madre con la excusa de que no es el momento.

– Me iría a vivir al extranjero.

– Le diría a mi pareja que no quiero ser padre o madre.

– Me separaría de mi pareja.

– Les diría a mis hijos que comienza a ser hora que se espabilen y actuaria con coherencia ante dicha convicción.

– Tendría aquella conversación pendiente que tanto me hace perder el sueño.

– Me comprometería de verdad con aquella causa asumiendo todas las consecuencias que se deriven de ella.

– Saldría del armario.

– Diría lo que realmente pienso de aquello sobre lo que todo mi entorno piensa lo contrario.

Qué diferente puede ser este verano si conseguimos tener menos miedo ¿Verdad?

“Que vuestras decisiones respondan a vuestras esperanzas, no a vuestros miedos.” Nelson Mandela

La necesidad de mantener conversaciones incómodas

¿Cómo llevas las conversaciones pendientes? ¿Tienes alguna? ¿La quieres tener? ¿La otra persona quiere? ¿Sabes cuáles son las claves para abordar conversaciones pendientes y construir relaciones sólidas?

Cuando en los cursos que imparto pregunto a mis alumnos qué cosas valoran en las relaciones humanas, un alto porcentaje de personas responde que les gusta la sinceridad y la gente que habla claro.

Por otro lado, mi experiencia me dice que el nivel de madurez para poder hablar claro de las cosas que no nos gustan, debe ser bastante alto. Desafortunadamente, no siempre estamos a la altura i la sinceridad tan reclamada puede acabar pasando factura.

En las relaciones sociales superficiales no es necesario, yo ni tan solo aconsejaría entrar a debatir ciertas cuestiones. Ahora bien, cuando queremos construir relaciones sólidas de pareja, familia, amistad y también profesionales, se hace indispensable tener la determinación y la serenidad para poder proponer y abordar conversaciones incómodas.

A continuación detallo las claves per a construir relaciones sólidas y mutuamente satisfactorias:

1. Autoconocimiento:

Tener muy claro cuáles son nuestras necesidades básicas a parte de las puramente  esenciales para la supervivencia, haberlas evaluado y haber tomado consciencia de cuáles son las realmente importantes para nosotros y pasan por delante de otras. También conocer nuestros valores esenciales, aquello que realmente queremos conservar. Reconocer nuestras emociones, entenderlas, aceptarlas, saberlas expresar y gestionarlas de manera potenciadora.

2. Comunicación:

Para que nos conozcan y también para conocer al otro. Para tener claras las necesidades y los valores de cada uno. Para expresar nuestras emociones y entender las del otro y su manera de vivir la realidad. Si una persona no habla, o no quiere escuchar, a la otra solo le queda que interpretar o ser interpretada, y este filtro subjetivo, demasiado a menudo lleva a malos entendidos que son totalmente evitables. Puedo y tengo el derecho de decidir pasar por alto la necesidad de otra persona, lo que es una lástima es hacerlo por desconocimiento.

3. Empatía:

Para cuidar las necesidades e intereses de los demás, y poder entender desde donde viven la realidad, que a menudo es desde una visión muy diferente a la nuestra.

4. Coraje:

Para cuidar las propias necesidades e intereses y no ceder por miedo o evitación del conflicto. Enfrentándonos a la situación y no a la persona que tenemos delante.

5. Compromiso:

Para asumir las propias responsabilidades y actuar con la firme voluntad de hacer crecer la relación con respeto hacia uno mismo y hacia el otro.

6. Autoestima:

Para detectar cuando merece la pena luchar por una relación y cuando es mejor ponerla en el cajón de las relaciones sociales superficiales o simplemente darla definitivamente por cerrada. Y también, para no insistir en estar en la vida de alguien que no te quiere en ella, o querer que esté en tu vida alguien que no quiere estar.

 

Actuar de manera pasiva, es evitar o negar los conflictos pasando por alto las propias necesidades. Si esta conducta es habitual, puede acabar generando mucha frustración e insatisfacción. Evidentemente hay momentos en que lo más útil es callar. Si actuamos de manera pasiva por decisión y convicción, ¡Perfecto! Si lo hacemos por miedo, es cuando generamos el problema.

Actuar de manera agresiva es crear un conflicto pasando por alto las necesidades de los demás. Si esta conducta es habitual, puede acabar generando relaciones y ambientes tensos. De todas maneras, cuando una persona no se comunica, a veces solo te queda la provocación para hacerla explotar. Si actuamos de manera agresiva por decisión y convicción, ¡Perfecto! Si lo hacemos por falta de autocontrol y después nos arrepentimos, es cuando generamos el problema.

Actuar de manera asertiva, es poner los conflictos existentes sobre la mesa, ni evitándolos, ni creándolos. Para crear relaciones interpersonales sólidas, es positivo que fomentemos la asertividad. Ahora bien, conviene recordar que abordar un conflicto existente y expresar como nos sentimos ante aquella situación, no tienen nada que ver con crearlo. A menudo se tilda de conflictivas a aquellas personas que actúan con madurez, responsabilidad y respeto hacia ellas mismas.