La película de la gestión del estrés

Ahora que tengo el privilegio de poder hacer un mes de vacaciones, aprovecho para compartir mis reflexiones sobre la película de la gestión del estrés.

Comenzaré poniendo sobre la mesa una frase de Aristóteles que me habréis oído decir miles de veces, y que actualmente es totalmente vigente por la crispación general que percibo. La frase dice así:

“Todo el mundo puede enfadarse, esto es muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y de la manera correcta, esto ciertamente no resulta tan sencillo”.

Es normal que, ante esta crisis sanitaria, las personas estemos tensas, irritables, susceptibles, enfadadas y tristes. El tema es detectar con quién o qué nos estamos enfadando y saberlo gestionar. ¿Realmente lo tenemos que verter sobre las dependientas de farmacias y comercios? ¿Los camareros? ¿Las profesionales sanitarias? ¿Sobre nuestros hijos, parejas, amigos…? Igual que es necesario reciclar los residuos para que el mundo sea mejor, también es importante saber dónde verter nuestras miserias para que la sociedad y las personas mejoremos.

En este sentido quiero enfatizar en algunos aspectos relevantes para gestionar nuestro estrés y ansiedad:

  1. Somos como realizadores de cine, podemos controlar dónde ponemos el foco: ¿Has asistido alguna vez al rodaje de una película de terror? Seguramente constatarás que ver el rodaje de manera completa da menos miedo que cuando ves aquel plano en la pantalla. Esto pasa por qué durante el rodaje puedes observar más cosas que aquella escena, ves el entorno y otras cosas que están pasando, maquilladores, micrófonos, cámaras, alguna tertulia alejada de la escena que visualizas de reojo, actrices y actores cambiando de vestuario, etc. Con las cosas que nos preocupan pasa lo mismo, cuanto más ponemos el foco, peor nos sentimos. Abriendo el plano y mirando hacia otros lados podremos reducir la sensación de ansiedad o en todo caso evitar magnificarla más de la cuenta.
  2. El estrés es útil, eliminarlo del todo amenazaría nuestra supervivencia: cuando una cosa depende de nosotros, es bueno enfocarnos bien hacia ella, esto nos dará la energía suficiente para abordar la situación de la mejor manera posible. Cuando algo no depende de nosotros, descartar el plano es lo más adecuado, ya que no aportará nada interesante a nuestra película. 
  3. Ajustar las expectativas a nuestra realidad evitará frustraciones innecesarias: un buen autoconocimiento así como conocer y aceptar a los demás y nuestro entorno, nos ayudará a ser más realistas. 
  4. La vida contemplativa también es vida: aburrirnos y no hacer nada puede acabar siendo un buen recurso. Si sabemos dosificarlo lo acabaremos disfrutando.
  5. La oxitocina es una hormona que nos ayuda a reducir los niveles de estrés, a relacionarnos mejor y a aumentar nuestra autoconfianza. A continuación vas a encontrar un  juego de palabras para descubrir 13 actividades cotidianas que nos ayudan a generarla. Y si no las encuentras todas, aquí  tienes la solución 😉

Y ahora, ya puedes comenzar a rodar la mejor película de la gestión del estrés posible de este mes de agosto: 3, 2, 1… ¡Acción!

Los viejos silencios

Hay muchos tipos de silencios, unos muy útiles y otros difíciles de gestionar. Unos impuestos, como la discapacidad auditiva, otros buscados como los de determinados retiros espirituales. Unos físicos, como cualquier ausencia de sonido, y otros mentales como la ausencia de pensamientos.

En general, el silencio tanto físico como mental, es saludable y útil para gestionar nuestro estrés y mejorar nuestro bienestar emocional. Retirarse escuchando la naturaleza, apartados del murmullo de los núcleos urbanos, y también meditar, son grandes herramientas que tenemos a nuestro alcance de manera más o menos sencilla.
Para sentirnos mejor y estar en paz, es necesario buscar esta desconexión y como todo, entrenarla.

Otros silencios que conozco bien porqué los he mirado a los ojos de cerca, son los silencios por presión social, por necesidad, por prudencia, por miedo, por quedar bien, por conservar algo… Aquellos que podemos observar en cualquier  equipo de trabajo, en cualquier organización, en cualquier familia, en cualquier sociedad. Incluso las personas que mayoritariamente detestamos estos silencios, los habremos hecho en algun momento determinado. Puestos a hacerlos, creo que mejor que sea de manera consciente y aceptada.

En este sentido, trabajar la comunicación dentro de las organizaciones para poder hablar con respeto hacia uno mismo y hacia los demás, y para qué los principales silencios sean para subrayar los conceptos importantes, y para escuchar activamente, es fundamental para prevenir los conflictos interpersonales y para mejorar las habilidades negociadoras de los profesionales.
La escucha activa pues, es una magnífica manera de utilizar el silencio, dejando hablar al otro, escuchando y al mismo tiempo observando, recogiendo, sin juicios ni descalificaciones, las necesidades, pensamientos, y emociones de nuestros interlocutores.

Y mientras escribo todo esto, escucho otro silencio punzante, sobrecogedor y doloroso, el del móvil que no suena, el correo que no recibe ni tan solo respuestas, los proyectos que no entran y la facturación que no llega. Un viejo silencio que muchas personas habíamos tenido el privilegio de olvidar.

 

 

Imagen de Gerd Altmann de Pixabay

Gratitud

La gratitud es una emoción que está en el grupo de las que llamamos “agradables de sentir”. Si tuviese que ubicarla en mi cuerpo, la podría definir como una especie de pequeños brazos que saldrían de mi corazón para abrazar muy fuerte.

Está claro que mucho de lo que somos nos lo debemos a nosotros, a nuestro esfuerzo, a nuestra lucha, a nuestra voluntad y a nuestro trabajo. Pero creo que conviene ser honestos y plantearnos la cantidad de personas que están contribuyendo actualmente a que las cosas sean un poco mejor para nosotros.

Haber llegado al final del 2020 en condiciones muy aceptables, es fruto de miles de contribuciones que de manera directa o indirecta han sido claves. Y también de que cuando he necesitado y pedido ayuda, he obtenido respuesta de manera inmediata. Seguro que muchas de las personas que me han echado una mano, son consciente de mi inmensa gratitud, pero quizás otras ni tan solo se dan cuenta de su enorme aportación.

Las emociones no se ven directamente, aunque se pueden observar a través de nuestra conducta, nuestras palabras, nuestra cara, nuestros gestos, nuestras acciones. Es necesario hablar o actuar para hacer visible nuestro mundo interior. Por lo que respecta a la gratitud, es una de las emociones más difíciles de observar directamente y de las que más contribuyen a fortalecer las relaciones interpersonales. Es difícil que alguien vea que estamos muy agradecidos, si no lo expresamos explícitamente.

Por lo tanto quiero expresar mis GRACIAS a todo el mundo. A las personas que habéis trabajado en servicios básicos como la alimentación o la farmacia que nos habéis atendido con una sonrisa bajo la mascarilla en los momentos más difíciles, a los profesionales sanitarios que habéis estado en primera línea con un esfuerzo sobrehumano, a los profesionales administrativos de centros de salud que habéis sufrido más de lo que hemos sido conscientes, a los profesionales de limpieza que ayudáis cada día a que nos movamos en espacios limpios, a las ONG’s que habéis continuado al pie del cañón durante toda la pandemia y habéis seguido luchando por un mundo mejor, a los científicos que hacéis investigación de manera incansable, a las personas y empresas que me habéis permitido seguir trabajando, y a ti que me estás leyendo, por estar aquí, por tu confianza y por tu tiempo.

¡Por un 2021 donde vuelvan a brillar las sonrisas!

 

 

 

*Imagen de John Hain de Pixabay

Los planes rotos

Estos últimos meses he experimentado en primera persona aquello que hace tiempo que sabía: la fragilidad de hacer planes.

Algunas personas más que otras –como es mi caso-, vivimos en la gran fantasía de tenerlo casi todo bajo control. ¡Cuánta ingenuidad! El trabajo y la energía que nos supone esta falsa creencia nos hace vivir con un esfuerzo a menudo innecesario y absurdo.

Está claro que hacer planes es útil, y que si no los hacemos, también nos podemos perder cosas interesantes y tener problemas que nos podríamos haber ahorrado, por lo tanto está lejos de mi intención criticar el hecho de hacer planes, hagámoslos cuando sea necesario. De todos modos, seguro que disfrutaremos más de todo si estamos preparados para los planes rotos, si somos más flexibles, si aprendemos a convivir con la incertidumbre y si dejamos de luchar contra todo aquello que no está en nuestras manos.

A menudo recuerdo el comentario de una persona que me decía que su madre con noventa años quería guardar un dinero para el día de mañana, y ella le respondió: “mamá, el día de mañana es hoy”. Creo que es una frase que nos debemos de aplicar en cierta manera, tengamos la edad que tengamos.

Hace dieciocho años que soy profesional autónoma y ya hace muchos que me siento segura y consolidada en mi profesión. Tengo buenos clientes que están contentos, capacidad de trabajo y estoy preparada para afrontar cargas importantes. Aun así, tengo un seguro de enfermedad y accidentes y uno de responsabilidad civil por si acaso, parecía que todo controlado ¿Verdad? Pues de todas las cosas que me hubiese podido imaginar que podrían amenazar mi economía, y mirad que me las imagino casi todas, ¡Ninguna de ellas tenía que ver con una pandemia mundial!

I estos eran planes económicos, pero…

¿Y los planes de vida? ¿Cuantos abrazos dábamos por hechos pensando que no hay nada que nos impida abrazar? ¿Cuántas personas hemos perdido de repente y sin poder despedir?

¿Y los planes de muerte? ¿Cuántas personas durante esta pandemia han sido incineradas en soledad cuando habrían querido ser enterradas con una gran ceremonia o habían dado su cuerpo a la ciencia?

En nuestra familia tenemos pendiente una despedida de hace más de tres meses, que aun que seguro que será bonita y sentida, no será del todo como nuestra persona querida había planificado con mucha conciencia y cuidado.

¡Cuántos planes rotos!

Por otro lado, también quiero poner el foco en las cosas maravillosas que me han sucedido sin haberlas planificado:

He compartido una gran y dulce intimidad durante un confinamiento que ha puesto sobre la mesa la paz y la complicidad con la que vivo la vida de pareja.

Ha ocurrido ahora, de golpe y sin esperarla, una situación que deseo des de hace nueve años y que preveía que podría llegar sobre el 2026.

He aprendido a trabajar con nuevos canales de los cuales no quería ni oír hablar y gracias a ello he conseguido nuevos clientes.

En fin, hay muchas cosas buenas que también pasan por sorpresa.

Así que este verano no planificaré las vacaciones. Si no tengo trabajo procuraré disfrutar de mi tiempo, y si tengo, aprovecharé la oportunidad para facturar algo y recuperar un poco mi economía. Por lo tanto, por primera vez en muchos años, este mes de agosto estoy a vuestra disposición profesional.

Recordad, en cierta manera “el día de mañana, es hoy”.

¡Feliz verano!

 

Imagen de Hans Braxmeier de Pixabay

Las ausencias escogidas

Desear felices fiestas a todo el mundo es la expresión de lo que querríamos que fuera. Pero sabemos que aunque sería fantástico que las fiestas de Navidad fuesen días de paz, amor y felicidad, no siempre lo son. Y es importante ser consciente de ello y dejarnos sentir de verdad, aceptando nuestras emociones, sean las que sean.

Este año quiero poner sobre la mesa un tipo concreto de duelo y la forma en la que nos impacta, especialmente durante las fiestas navideñas.

En estas fechas se habla mucho del duelo por las ausencias inevitables, como la muerte o la enfermedad de los seres queridos, u otras circunstancias no deseadas. Todo el mundo, en mayor o menor medida, hemos vivido o vivimos la tristeza y la impotencia que comportan este tipo de pérdidas y la dureza que supone vivirlas.

De lo que no se habla tanto es de las ausencias deseadas o decididas, las de aquellas personas queridas que han decidido no estar por voluntad propia. Esta también es una situación en la cual debe elaborarse un duelo por parte de todo el mundo, porque cuando se rompe una relación entre dos personas, necesariamente cambia el grupo donde se mueven, y por lo tanto el dolor y la ruptura acostumbran a ser generalizados.

Si alguien no quiere estar con nosotros, no nos queda más remedio que respetar su decisión y aceptar la situación a pesar del gran dolor que nos pueda provocar. Incluso cuando la decisión de otra persona rompe aquello que nosotros estábamos intentando preservar con esfuerzo, y nos genera una gran decepción y frustración además de la tristeza de la pérdida.

Las decisiones maduras son aquellas en las que, además de lo que pretendemos conseguir, debemos preguntarnos también lo que queremos conservar, ya que la impulsividad puede acabar rompiéndolo todo.

Puede que este año seáis vosotros quienes habéis decidido ser las personas ausentes. Quizá por el contrario, sois quienes viviréis la ausencia de quien ha decidido no estar. En todo caso, tengan el color que tengan y generen las emociones que generen, estas fiestas seguirán siendo tan reales y vuestras como cualquier otra Navidad.

Deseo que viváis estas fechas con consciencia y aceptación, y que el año 2020 llegue cargado de decisiones maduras, objetivos y proyectos.

La autoestima explicada con la “teoría del queso de cabra”

La inspiración para este post me vino durante el Fòrum d’empresaris que organizó l’Hort Business en Cabrils el pasado día 30 de octubre.

En una ponencia súper interesante de Pedro Rojas sobre Instagram, él recalcó la conveniencia de publicar fotografías pensando en lo que gusta a los demás y no a nosotros. Entonces me vino instantáneamente una frase a la cabeza:

Instagram funciona exactamente al contrario de la autoestima.

Esto me hizo pensar en cómo explico yo el concepto de autoestima cuando hago formación, y en mi “teoría del queso de cabra” que os expondré más adelante. Y decidí que haría un post en Instagram para hablar de ello, y que sería diferente de los habituales. Escogería una fotografía de una cosa que no me gusta nada a mí, pero si a mucha gente: el apreciado y famoso queso de cabra.

La autoestima es el reconocimiento de nuestro valor intrínseco, mucho más allá de nuestras capacidades y éxitos. Tiene que ver con la auto aceptación y es un factor de percepción individual sobre nosotros mismos que no debería estar influido por los demás, aunque desgraciadamente a menudo está condicionado por ello. Cuando somos pequeños recibimos afectos de nuestro entorno que vamos almacenando y que acabarán incidiendo en nuestra autopercepción.

Por un lado podemos recibir confianza, seguridad, independencia, crítica constructiva, etc. Factores que incidirán en que tengamos una buena dosis de autoconfianza y de autoestima.

Por el otro, podemos recibir desconfianza, inseguridad, sobreprotección o desprotección, crítica destructiva, etc. Factores éstos, que incidirán en que nuestra autoconfianza y autoestima sean bajas.

Al margen de todo esto, nuestra autoestima fluctúa a lo largo de la vida, y es algo que podemos trabajar a través de la inteligencia emocional, comenzando por las tres “autos”: autoconocimiento, autocontrol y automotivación.

Pero bien, vamos a la teoría en cuestión:

Si voy a comer con una persona a quien le entusiasma el queso de cabra y nos ponen un plato de esta comida apestosa(*) delante de nosotros, me taparé la nariz inmediatamente, pondré cara de asco y la apartaré. Seguramente la persona que me acompaña estará contenta porque habrá más para ella. Conoce perfectamente lo que vale el producto en cuestión, y que alguien lo rechace no hace que éste pierda ningún valor.

Por lo tanto, si conocemos bien nuestro valor intrínseco, no lo devaluaremos porque alguien nos rechace o deteste.

Recordad: todos somos el queso de cabra de alguien.

(*)apestoso es cómo yo lo percibo, y no tiene que corresponderse necesariamente con la realidad.

¿Medicación o Psicoterapia?

¿Medicación o psicoterapia? ¿Qué es mejor? A menudo no hay debate y directamente se va a la medicación.

Celebro que se estén encontrando fármacos que podamos utilizar para mejorar nuestra calidad de vida y también para salvar vidas. Estoy a favor de la medicación cuando es necesaria y en algunos casos, cuando lo he considerado oportuno, he dirigido al psiquiatra a alguna de las personas que acuden a mi consulta. Este post por lo tanto, no pretende ser una crítica a los fármacos, sino una reflexión sobre la facilidad con la que los tomamos y sobre la descoordinación que existe entre los diferentes profesionales de la salud.

Me estoy encontrando últimamente con demasiados jóvenes entre 20 y 25 años, que acuden al neurólogo con síntomas diversos, y una vez diagnosticado un primer episodio de ansiedad, les recetan medicación o les envían al psiquiatra para que lo haga. Me preocupa que ni tan solo se haga mención a la posibilidad de acudir a un psicólogo.

Sabemos que para combatir la ansiedad no siempre ni necesariamente son necesarios los fármacos. También sabemos que muchos de estos, pueden generar dependencia y también pueden afectar de manera negativa a otros aspectos de la vida de las personas: sexualidad, atención, tono vital, aumento de peso…

Desde mi punto de vista, los pacientes tienen derecho a conocer que, al margen de los fármacos, tienen otras posibilidades contrastadas y útiles para encontrarse mejor.

¿Por qué muchos profesionales de la medicina no proponen a sus pacientes la opción del psicólogo?

Seguramente existen múltiples respuestas en función de cada caso. Estoy convencida de que hay parte de responsabilidad en los médicos, y también en los psicólogos. Por otro lado, seguro que tampoco ayuda el intrusismo que sufrimos en el ámbito de la psicología, y la empanada mental que tenemos la sociedad en general sobre las diferentes terapias o “pseudoterapias” existentes.

Con el objetivo final del bienestar de las personas, creo que es necesaria más comunicación y cooperación entre los diferentes profesionales de la salud. Dejo el tema sobre la mesa para su reflexión. ¿Medicación o psicoterapia?

¿Qué haría yo si tuviese menos miedo?

Valorando la propuesta que me hizo José Antonio, un seguidor de facebook, este post habla del miedo. El miedo es una emoción tan nuestra como todas las demás. A mí me merece un gran respeto porque, como decía el gran Eduard Punset, sin miedo el ser humano se habría extinguido.
El miedo nos informa de las posibilidades de supervivencia ante determinadas situaciones y nos hace ser prudentes. Es una alarma que, ante posibles peligros, nos alerta de que debemos buscar más seguridad. Esto es muy útil, y por lo tanto no se trata de estigmatizar el miedo. Como todas las emociones, tiene su función y nos acompañará a lo largo de la nuestra vida, es necesario que lo acojamos y le demos su espacio.
Tenemos muchos niveles y tipos de miedo, no es lo mismo sentir preocupación que pánico, ansiedad que angustia, y en cambio, en todos los casos estaríamos hablando de miedo.

Dicho esto, os voy a poner un ejemplo que no tiene nada que ver con las emociones, que nos puede ayudar a entender algunas cosas: sabemos que el hambre es una sensación que nos informa de la necesidad de alimentarnos, y que si no tuviésemos sensación de hambre, sería más fácil morir de desnutrición. Ahora bien, ¿Tú crees que siempre que tienes sensación de hambre estás en peligro? En mi caso te puedo asegurar que no 😉

Con el miedo pasa igual. ¿Cuántos miedos tienen que ver con cosas que hemos aprendido y nos han hecho creer en un contexto cultural y social determinado? ¿Cuántos miedos nos limitan más que nos protegen? ¿Cuántas cosas maravillosas nos podemos perder por miedo? ¿Cuánto sufrimos por cosas que no pasarán nunca? ¿Cuántos miedos crecen dentro de nuestra cabeza, alimentados por nuestros pensamientos, y se hacen pequeños cuando los miramos a los ojos de verdad y los afrontamos?

Por otro lado, conviene tener en cuenta que las conductas de evitación a las que nos lleva el miedo, generan mucho sufrimiento asociado a otras emociones. Algunos ejemplos podrían ser: frustración, impotencia, desánimo, decepción, insatisfacción, envidia, celos, resentimiento, culpa, desmotivación y soledad.

Superar nuestros miedos tiene su momento de vértigo, y por lo tanto sólo nos vamos a poner a ello si vemos la utilidad y beneficios. Por ejemplo, si una persona supera su miedo a las serpientes, y vive en Barcelona, no le gusta viajar ni ir a la montaña y no trabaja en ninguna tienda de animales ni en ningún zoológico, su vida no mejorará especialmente. En cambio, si esta misma persona viviese en la selva, superar este miedo mejoraría sensiblemente su día a día. Por lo tanto, antes de ponernos a ello, nos haremos cuatro preguntas:

1. ¿Qué me estoy perdiendo a causa de este miedo?
Si la respuesta es “nada importante para mí”, pues a vivir con este miedo y con alegría. Si la respuesta es “algo valioso para mí”, entonces vienen las tres preguntas siguientes:

2. ¿Qué es lo peor que puede pasar si miro de afrontarlo?
3. ¿Sería peor que lo que estoy viviendo ahora?
4. ¿Seguro?

Escuchando muchísimas personas tanto en mi vida profesional como también en la personal, he hecho una lista de lo que podríamos hacer este verano si tuviésemos menos miedo. ¿Te atreves?

Si tuviese menos miedo:

– Le diría a mi pareja que es la persona más maravillosa del mundo y que, aunque puedo vivir sin ella, no lo quiero hacer, y que sí, que me quiero casar con ella.

– Dejaría este trabajo que está acabando con mi salud.

– Le diría a aquel amigo o amiga que le amo de manera diferente y no sólo como una amistad.

– Diría que sí a aquel proyecto profesional tan estimulante y a la vez incierto.

– Dejaría de posponer el hecho de ser padre o madre con la excusa de que no es el momento.

– Me iría a vivir al extranjero.

– Le diría a mi pareja que no quiero ser padre o madre.

– Me separaría de mi pareja.

– Les diría a mis hijos que comienza a ser hora que se espabilen y actuaria con coherencia ante dicha convicción.

– Tendría aquella conversación pendiente que tanto me hace perder el sueño.

– Me comprometería de verdad con aquella causa asumiendo todas las consecuencias que se deriven de ella.

– Saldría del armario.

– Diría lo que realmente pienso de aquello sobre lo que todo mi entorno piensa lo contrario.

Qué diferente puede ser este verano si conseguimos tener menos miedo ¿Verdad?

“Que vuestras decisiones respondan a vuestras esperanzas, no a vuestros miedos.” Nelson Mandela

Emoción + Creencia = emoción x 2

¿Cuantas veces en la vida has sentido envidia? ¿Y en cuantas de ellas te has apresurado a añadirle la etiqueta de “envidia sana”? Las emociones no son sanas o insanas, lo que es beneficioso para nuestra salud emocional, es reconocerlas, aceptarlas y decidir qué hacemos con ellas.

Por lo tanto, la envidia es envidia se mire como se mire, y si en algún momento de tu vida la sientes y comienzas a pensar que no la deberías sentir porqué es mala y tú no eres tan mala persona como para sentirla y bla, bla, bla… Entonces sentirás envidia y culpa.

¿Has visto qué fácil que se pueden multiplicar les emociones?

Las personas no podemos decidir cómo nos sentimos y es necesario que lo reconozcamos y que lo aceptemos. Todas las emociones forman parte de nosotros y por lo tanto, acogerlas es aceptarnos con todo aquello que nos gusta y también con lo que no.

Lo que sí que podemos hacer y está en nuestras manos, son tres cosas:

1. Trabajar sobre les nuestras creencias y pensamientos, ya que las emociones se alimentan de ellas.

2. Reconocer las emociones que sentimos, justo en el momento en el que las sentimos, aceptarlas y decidir cómo queremos gestionarlas: meditación, deporte, arte, escritura, conversaciones pendientes…

3. Ejercer autocontrol. Es decir, que todo aquello que hagamos, no hagamos, digamos o callemos lo decida nuestra voluntad y no dejemos que se apoderen de ello nuestras emociones. Por lo tanto, conseguir tener conductas “utiléticas”(*) que nos beneficien y nos potencien.

Todo ello requiere un trabajo de auto observación y de entrenamiento importante. Un tiempo y un esfuerzo, que sólo decidiremos invertir si vemos beneficios. ¿Lo queréis probar?

(*) “utilética” es un término que no existe. Me lo inventé para referirme a la conducta o a la comunicación. Para mí la comunicación “utilética” es aquella que es útil y por lo tanto contribuye a nuestros objetivos, y es ética y por lo tanto está alineada con nuestros valores. Dado que la utilidad y los valores son personales, solo nosotros mismos podremos determinar si una comunicación ha sido “utilética” o no.

La abuela Pepita

Este sábado, una abuela que tenía entradas para ir al teatro con unas amigas, finalmente no fue.

Tenía los tiques comprados de hacía días y le hacía mucha ilusión, no va a menudo al teatro. Era uno de aquellos planes que pintaba un poco diferente a la rutina habitual.

El viernes por la noche, la abuela a la que voy a llamar Pepita, recibió una llamada de su hijo pidiéndole que el sábado le hiciese de canguro del nieto porque él tenía una cena. Y Pepita no se atrevió a decir que no.

Está claro que la responsable última de haber tirado un dinero y de haberse perdido una buena tarde con las amigas, es ella misma. De todos modos, esta situación me plantea una serie de reflexiones:

1. ¿La confianza que tienen los hijos adultos para pedir un favor a los padres/abuelos, es recíproca?

2. ¿Podemos hablar de Pepita a secas? ¿O es que esta ha desaparecido fagocitada por la abuela Pepita?

3. ¿Pepita toma decisiones conscientes? ¿O está condicionada por presiones sociales, convenciones y estereotipos?

Estoy convencida de que no hay una única respuesta para cada una de estas preguntas, y también, que quien lea este post, se puede formular otras. En todo caso me encantan las preguntas, lo que me inquieta son algunas de las respuestas que puedo escuchar en nuestra sociedad:

1. ¿Qué hay mejor para una abuela que pasar una tarde con sus nietos?
2. El amor de las abuelas hacia los nietos es insuperable.
3. Dice mucho de ella, la capacidad de sacrificio es un gran don.
4. Está jubilada, tiene todo el tiempo del mundo, puede ir otro día al teatro.
5. Tú no eres madre ni abuela y no puedes entender nada…

Las personas somos individuos, y en función de nuestras elecciones y otras circunstancias ajenas a nosotros, podemos ser nietos, hijos, hermanos, amigos, estudiantes, profesionales, tíos, pareja, padres, abuelos, seres sociales… Es necesario encontrar espacio apra todos los roles de los que queramos disfrutar, entendiendo que si el día tiene 24 horas, cuantos más roles queramos mantener, menos tiempo habrá para cada uno de ellos.

Escucha Pepita, yo no soy quien para decirte si hiciste bien no yendo al teatro, esto solo lo puedes valorar tú. Si escoges con consciencia, cualquier decisión estará bien. ¡Adelante!