2019: Verano – Desconecto del 5 al 30 de agosto

Estamos en pleno verano y algunos de nosotros estamos a punto de empezar vacaciones, otros quizá ya las habéis hecho y quizá alguien no va a hacer.
Sea cual sea tu situación, seguramente en alguna ocasión de tu vida te habrás preguntado:
¿Qué haría yo este verano si tuviese más dinero?

Se te pueden ocurrir algunas respuestas interesantes a esta pregunta, pero sea como sea, en la mayoría de los casos se van a quedar en pura fantasía.

Ahora bien, te planteo una pregunta que es probable que te lleve más lejos:
¿Qué haría yo este verano si tuviese menos miedo?

Piénsalo, sinceramente, con la mente y el corazón abiertos. ¿Te lo imaginas?

Si quieres leer mis reflexiones sobre el miedo, aquí las tienes.

¡Buen verano y hasta la vuelta!

Gemma

¿Qué haría yo si tuviese menos miedo?

Valorando la propuesta que me hizo José Antonio, un seguidor de facebook, este post habla del miedo. El miedo es una emoción tan nuestra como todas las demás. A mí me merece un gran respeto porque, como decía el gran Eduard Punset, sin miedo el ser humano se habría extinguido.
El miedo nos informa de las posibilidades de supervivencia ante determinadas situaciones y nos hace ser prudentes. Es una alarma que, ante posibles peligros, nos alerta de que debemos buscar más seguridad. Esto es muy útil, y por lo tanto no se trata de estigmatizar el miedo. Como todas las emociones, tiene su función y nos acompañará a lo largo de la nuestra vida, es necesario que lo acojamos y le demos su espacio.
Tenemos muchos niveles y tipos de miedo, no es lo mismo sentir preocupación que pánico, ansiedad que angustia, y en cambio, en todos los casos estaríamos hablando de miedo.

Dicho esto, os voy a poner un ejemplo que no tiene nada que ver con las emociones, que nos puede ayudar a entender algunas cosas: sabemos que el hambre es una sensación que nos informa de la necesidad de alimentarnos, y que si no tuviésemos sensación de hambre, sería más fácil morir de desnutrición. Ahora bien, ¿Tú crees que siempre que tienes sensación de hambre estás en peligro? En mi caso te puedo asegurar que no ;-)

Con el miedo pasa igual. ¿Cuántos miedos tienen que ver con cosas que hemos aprendido y nos han hecho creer en un contexto cultural y social determinado? ¿Cuántos miedos nos limitan más que nos protegen? ¿Cuántas cosas maravillosas nos podemos perder por miedo? ¿Cuánto sufrimos por cosas que no pasarán nunca? ¿Cuántos miedos crecen dentro de nuestra cabeza, alimentados por nuestros pensamientos, y se hacen pequeños cuando los miramos a los ojos de verdad y los afrontamos?

Por otro lado, conviene tener en cuenta que las conductas de evitación a las que nos lleva el miedo, generan mucho sufrimiento asociado a otras emociones. Algunos ejemplos podrían ser: frustración, impotencia, desánimo, decepción, insatisfacción, envidia, celos, resentimiento, culpa, desmotivación y soledad.

Superar nuestros miedos tiene su momento de vértigo, y por lo tanto sólo nos vamos a poner a ello si vemos la utilidad y beneficios. Por ejemplo, si una persona supera su miedo a las serpientes, y vive en Barcelona, no le gusta viajar ni ir a la montaña y no trabaja en ninguna tienda de animales ni en ningún zoológico, su vida no mejorará especialmente. En cambio, si esta misma persona viviese en la selva, superar este miedo mejoraría sensiblemente su día a día. Por lo tanto, antes de ponernos a ello, nos haremos cuatro preguntas:

1. ¿Qué me estoy perdiendo a causa de este miedo?
Si la respuesta es “nada importante para mí”, pues a vivir con este miedo y con alegría. Si la respuesta es “algo valioso para mí”, entonces vienen las tres preguntas siguientes:

2. ¿Qué es lo peor que puede pasar si miro de afrontarlo?
3. ¿Sería peor que lo que estoy viviendo ahora?
4. ¿Seguro?

Escuchando muchísimas personas tanto en mi vida profesional como también en la personal, he hecho una lista de lo que podríamos hacer este verano si tuviésemos menos miedo. ¿Te atreves?

Si tuviese menos miedo:

- Le diría a mi pareja que es la persona más maravillosa del mundo y que, aunque puedo vivir sin ella, no lo quiero hacer, y que sí, que me quiero casar con ella.

- Dejaría este trabajo que está acabando con mi salud.

- Le diría a aquel amigo o amiga que le amo de manera diferente y no sólo como una amistad.

- Diría que sí a aquel proyecto profesional tan estimulante y a la vez incierto.

- Dejaría de posponer el hecho de ser padre o madre con la excusa de que no es el momento.

- Me iría a vivir al extranjero.

- Le diría a mi pareja que no quiero ser padre o madre.

- Me separaría de mi pareja.

- Les diría a mis hijos que comienza a ser hora que se espabilen y actuaria con coherencia ante dicha convicción.

- Tendría aquella conversación pendiente que tanto me hace perder el sueño.

- Me comprometería de verdad con aquella causa asumiendo todas las consecuencias que se deriven de ella.

- Saldría del armario.

- Diría lo que realmente pienso de aquello sobre lo que todo mi entorno piensa lo contrario.

Qué diferente puede ser este verano si conseguimos tener menos miedo ¿Verdad?

“Que vuestras decisiones respondan a vuestras esperanzas, no a vuestros miedos.” Nelson Mandela

Emoción + Creencia = emoción x 2

¿Cuantas veces en la vida has sentido envidia? ¿Y en cuantas de ellas te has apresurado a añadirle la etiqueta de “envidia sana”? Las emociones no son sanas o insanas, lo que es beneficioso para nuestra salud emocional, es reconocerlas, aceptarlas y decidir qué hacemos con ellas.

Por lo tanto, la envidia es envidia se mire como se mire, y si en algún momento de tu vida la sientes y comienzas a pensar que no la deberías sentir porqué es mala y tú no eres tan mala persona como para sentirla y bla, bla, bla… Entonces sentirás envidia y culpa.

¿Has visto qué fácil que se pueden multiplicar les emociones?

Las personas no podemos decidir cómo nos sentimos y es necesario que lo reconozcamos y que lo aceptemos. Todas las emociones forman parte de nosotros y por lo tanto, acogerlas es aceptarnos con todo aquello que nos gusta y también con lo que no.

Lo que sí que podemos hacer y está en nuestras manos, son tres cosas:

1. Trabajar sobre les nuestras creencias y pensamientos, ya que las emociones se alimentan de ellas.

2. Reconocer las emociones que sentimos, justo en el momento en el que las sentimos, aceptarlas y decidir cómo queremos gestionarlas: meditación, deporte, arte, escritura, conversaciones pendientes…

3. Ejercer autocontrol. Es decir, que todo aquello que hagamos, no hagamos, digamos o callemos lo decida nuestra voluntad y no dejemos que se apoderen de ello nuestras emociones. Por lo tanto, conseguir tener conductas “utiléticas”(*) que nos beneficien y nos potencien.

Todo ello requiere un trabajo de auto observación y de entrenamiento importante. Un tiempo y un esfuerzo, que sólo decidiremos invertir si vemos beneficios. ¿Lo queréis probar?

(*) “utilética” es un término que no existe. Me lo inventé para referirme a la conducta o a la comunicación. Para mí la comunicación “utilética” es aquella que es útil y por lo tanto contribuye a nuestros objetivos, y es ética y por lo tanto está alineada con nuestros valores. Dado que la utilidad y los valores son personales, solo nosotros mismos podremos determinar si una comunicación ha sido “utilética” o no.