Un espejismo dentro del caos

Hace unos días, en un supermercado donde compro ocasionalmente, viví una experiencia que me dejó un buen rato reflexionando.

Llegué a última hora, el súper estaba lleno a rebosar, en algunas colas habían carros tan llenos, que por un momento tuve la tentación de abandonar y marcharme sin comprar.

La mayoría de gente hacía cara de pocos amigos y no paraba de resoplar. Algunas personas tenían estridentes conversaciones a través de sus teléfonos móviles y otras redactaban frenéticamente sus whatsapps y también recibían las correspondientes respuestas, cada uno con su sonido característico.

Por un momento me puse en el lugar de las cajeras que trabajaban en aquellas circunstancias, y traté de imaginar el grado de estrés que debían de estar viviendo ante aquel panorama nada estimulante.

Las observé una a una. Todas, más o menos, hacían la misma cara que sus clientes, sus resoplidos podían confundirse con los de los distintos personajes que hacían cola, y en algún bolsillo de sus uniformes, se intuía también algún móvil vibrando.

De repente, todos mis sentidos se focalizaron hacia un hecho distorsionante, primero pude oír y escuchar aquella voz suave y después, cuando miré, pude ver aquella sonrisa franca y aquella mirada serena.

En aquel momento tomé conciencia de que aquello que debería ser habitual, acontecía como algo sorprendente. La cajera en cuestión estaba siendo extraordinaria, con una mezcla que contenía las dosis perfectas de profesionalidad, rapidez, seriedad, amabilidad, empatía, asertividad, paciencia y buen humor.

Aquel hecho, fue como un cuento que ilustraba la magia de las sutilezas que marcan la diferencia en la atención al cliente, y que evidenciaba las carencias tan grandes que tenemos, que hacen que nos sorprendamos de aquello que es como debería ser.

Todavía dudo si fue un espejismo…