Pobres infelices

Mis objetivos principales cuando utilizo las redes sociales de manera profesional, son por un lado potenciar mi negocio y dar a conocer mis servicios de psicología, formación y psicoterapia, y por el otro poner encima de la mesa cuestiones que puedan ayudar a las personas a conocerse mejor a ellas mismas y a reflexionar sobre aspectos como la felicidad, la conducta humana, los valores, las creencias etc. Todos estos conceptos se entienden y se interpretan desde cada individuo, y es por este motivo que no acostumbro a expresar mis opiniones ni mis ideas a título personal, ya que no aportan nada más que una visión subjetiva que es tan real y tan parcial como cualquier otra.

Uno de los objetivos generales que plantean las personas cuando se les pide a qué aspiran en la vida, es el de ser felices. Es un deseo que prácticamente todo el mundo tenemos y todos creemos que merecemos. Lo cierto, es que cuando queremos describir lo que entendemos por felicidad, salen todos los interrogantes.

¿Es lo mismo ser feliz que sentirse feliz? ¿Todos nos sentimos felices en las mismas circunstancias? ¿Hay alguien que no merezca la felicidad? ¿Las personas somos capaces de ser felices por nosotras mismas? ¿Sabemos ser felices?

Aquí acabaría un escrito de los míos siguiendo mi línea habitual, preguntas lanzadas al aire para la reflexión individual y si es necesario para el debate.

Pero hoy no me quiero quedar aquí porque me preocupa lo que he escuchado por la radio solo empezar el día: La asignatura de religión, con la nueva ley de educación dice que cabe “reconocer  la incapacidad de uno mismo para alcanzar la felicidad” y “aceptar la necesidad del salvador per ser feliz”. Evidentemente cuando hablan del “salvador” piensan solo en uno, y no hay ni rastro de otras religiones en los temarios.

¿Se ha pensado el dolor que puede causar transmitir estas creencias a los niños? ¿Habrá ciudadanos que tendrán la puerta abierta a la felicidad y otros que no? ¿Cómo se explicará una cosa que pasa a menudo que es que alguien se sienta feliz y no crea en Dios? Y todavía peor, ¿Qué les dirán a las personas que crean en Dios y se sientan inmensamente infelices? ¿Qué papel jugará la culpa en todo esto?

Cada día constato en mi consulta las secuelas que han dejado en muchas personas algunas maneras de interpretar y transmitir las religiones. Tenía la esperanza de que en nuestra sociedad y en nuestro sistema educativo fuera un tema casi superado, pero desgraciadamente ya volvemos a estar en lo mismo.

Por lo tanto, hoy quiero dar mi opinión: Afirmo que las personas tenemos la capacidad de ser y de sentirnos felices por nosotras mismas sin necesidad de creer en Dios. Y al mismo tiempo, pienso que también tenemos derecho a sentirnos infelices y a vivir las emociones negativas aun creyendo en Dios.

Yo no sé si Dios existe o no, lo que sí puedo afirmar es que sin creer en él, he llegado a sentirme muy feliz y muy infeliz en diferentes momentos de mi vida, y hoy, que de momento sigo sin creer en Dios, me siento plenamente feliz.

Gemma Prats i Molner
Psicóloga, Formadora y Psicoterapeuta