Acoso moral en el trabajo

La violencia empieza con pequeñas cosas, a veces con un dar la espalda sutil que pasa desapercibido por todos menos por quien lo recibe, otros sólo con una mirada punzante, para conocer el grado de debilidad del otro, y ver si le aguantan la mirada o la evitan. La persona maltratadora es cobarde e insegura. Acosa sólo a personas que no se ven capaces de plantarle cara, y así se engaña a sí misma creyéndose poderosa. La persona que recibe este tipo de acoso, se encuentra en un estado de tensión y de angustia permanentes.

Cuando la persona maltratadora va obteniendo beneficio de su agresividad, se va haciendo fuerte, y la violencia toma un cariz más directo, más verbal, más evidente. Incluso le puede parecer que ante los demás está dando una imagen de seguridad y poder. Es justo en este momento cuando la persona maltratada añade a la angustia, el miedo. Su inseguridad es tan terrible que necesariamente tiene repercusión en su rendimiento.
Esta nueva fase de agresividad ya no pasa desapercibida, la mayoría la escucha con oídos sordos y miradas compasivas, que no ayudan en absoluto si se quedan mudas ante la evidencia.

Cuando la persona maltratada está tan insegura que se equivoca constantemente, entonces duda realmente de su capacidad y su autoestima baja en picado. Es entonces cuando la angustia y el miedo se mezclan con la culpa.

No hay nada que en un entorno laboral pueda justificar palabras y hechos como: “Eres una mierda”, “Sal de ahí trasto” “quiero que te pongas a trabajar aquí en medio con el ordenador delante de todos, para que todos podamos ver qué diablos haces”,”Te empapelaré a ti y a toda tu familia”,”eres imbécil o qué?” “Bicho”,”Gorda”,” llora, llora que no sirves para nada más “o “este tío es un vago y un inútil”a espaldas de la víctima pero ante todo el personal incluidas las personas que dependen de él.

El acoso en el trabajo es cosa de TODOS y TODAS. Las personas que oyen expresiones de este tipo y se mantienen en silencio, son tan cómplices de la violencia como la propia persona maltratadora. Y las organizaciones que lo permiten y no son contundentes ante este tipo de hechos, también. La persona maltratada no tiene suficiente fuerza y debemos ayudarla ¡Todos somos responsables!

Finalmente hay un tercer actor tan maltratador como el primero, aquella persona que por los motivos que sean hace acusaciones y denuncias falsas por mobbing, que estigmatizan a quien es denunciado y desacreditan y perjudican a las víctimas reales de acoso.

Ante esta situación, ¿qué podemos hacer los profesionales de la salud?

Evidentemente no podemos creer a ciegas todo lo que nos dicen. Tampoco podemos denunciarlo porque no somos testigos, y sólo tenemos una versión de los hechos, y además estaríamos faltando al secreto profesional. Por otra parte, es infinitamente difícil convencer a una persona aterrorizada que denuncie la situación, y si llegara a hacerlo, para empezar le piden dos testigos. Suelen haber muchos, pero poquísimos dispuestos a testificar. Nosotros podemos diagnosticar el estado de pánico y desfallecimiento de muchas de estas personas y atribuir este estado a la percepción que tienen de su situación profesional, sin estar completamente seguros de que esta percepción se ajuste en buena medida a la realidad.

¿Qué más tenemos en nuestras manos?

Sólo que exista una sola posibilidad de que los hechos que me exponen las personas que acuden a mi consulta sean reales, no quiero quedarme de brazos cruzados. De momento lo único que puedo hacer es ponerlo de manifiesto para sensibilizar a todo el mundo de la gravedad de todo ello.